Lectura #4.
De los evangelios a las tradiciones
pre sinópticas.
Interesa ante todo captar el tipo de
relación que existe entre la comunidad apostólica y Jesucristo, el Señor.
La masa de los primeros cristianos
quedó deslumbrada por la intensa luz de la resurrección.
El papel de Jesús en la formación de
los evangelios, pero sobre todo el papel que desempeñó la comunidad apostólica.
La Iglesia y los testigos del
resucitado.
Los textos basan la experiencia primera
de la comunidad en un acontecimiento determinado, cuya doble dimensión hace
resaltar, la de la muerte y la de la resurrección.
Nunca se relata el acontecimiento sin
hacer resaltar su significación: ésta lo eleva por encima de un tiempo que ya
no existe y lo coloca en la cumbre de la historia de la salvación.
Lucas no busca escribir una historia de
los orígenes de la Iglesia.
Todo el interés se centra en tres
personajes que vemos actuar o discurrir: Pedro, Esteban y Pablo. Los tres son,
y sólo ellos, llamados testigos.
El apostolado representa una función en
la que toman parte todos los primitivos predicadores.
Quienes componen el colegio apostólico
son testigos por excelencia en el sentido privilegiado de la palabra.
I. Los testigos.
Testigos del Resucitado no es tan sólo
porque atestigüen la realidad de la resurrección de Jesús, sino porque han sido
investidos de una misión que concierne a la significación de este hecho.
Características de los testigos:
1. No es simplemente
atestiguar una evidencia persona, aunque sobrepase la sensibilidad humana
ordinaria. Consiste en salir fiador de una verdad que supera cualquier
experiencia; es afirmar que un hombre ha vivido, actuado, muerto, y después de
resucitado, ha subido al cielo; es relatar la historia de Jesús antes y después
de su muerte. Los Doce deben atestiguar que el Señor resucitado es el mismo
Jesús con quien compartieron la existencia.
2. La misión de
atestiguar está siempre ligada a un acontecimiento futuro: el don del Espíritu.
Es el testimonio aportado por el Espíritu el que confiere su verdadera
dimensión a la acción de la comunidad apostólica.
3. Se trata de una
corporación de testigos. El colegio apostólico está constituido por los Doce.
No se es testigo simplemente por que predique, sino que si se puede predicar es
debido a que se es testigo por elección.
II. La Iglesia de los
testigos.
Desde el principio su estructura es
jerárquica. La Iglesia se afirma y precisamente como una comunidad en la cual
los Doce ocupan un lugar único. La jerarquía apostólica controla la expansión
de la comunidad.
Subsiste un profundo acuerdo: la
tradición vive en el interior de la Iglesia, cuya dispersión no perjudica a la
unidad; permanece desbordante de fuerza expansiva y guardiana atenta de las
palabras y acciones del Señor.
La Iglesia es la verdadera comunidad:
el Señor Jesús es su lazo vivo y los testigos están encargados de transmitir la
tradición evangélica pura.
La tradición evangélica, conservada y
animada por los testigos, ha sido correctamente descrita. El alma de la Iglesia
incipiente son los Doce testigos y, a través de ellos, es el propio Jesús, que
está vivo y guía a su Iglesia mediante el Espíritu Santo.
El evangelio antes de los evangelios.
La orden que recibieron los testigos
del Señor es la de anunciar su presencia viviente. El kerigma responde como un
eco, a la experiencia que tiene la Iglesia del Señor viviente.
1. La proclamación
evangélica.
El evangelio en acto, proclamado y
acogido, comporta siempre tres elementos: la experiencia del Espíritu Santo, la
fe en el misterio de la Pascua y la esperanza en la venida del Señor.
La tradición evangélica es el eco,
ampliado por el Espíritu Santo, de la experiencia que los apóstoles vivieron el
día de la Pascua. Semejante certeza trae consigo un cambio de vida.
Los profetas son citados como testigos
en el proceso de Jesús, del que los apóstoles piden la revisión de la humanidad
entera; igual que en las vidrieras de nuestras catedrales o sobre los muros de
la Sixtina atestiguan la perennidad del designio de Dios.
Al interpretar el hecho pascual a la
luz del designio de eterno de Dios, muestran que la existencia histórica de Jesús
tiene una dimensión absoluta e invitan a los oyentes y lectores del evangelio a
adorar al Señor.
A partir de esta exégesis escrituraria
podemos intentar precisar las líneas maestras de una teología primitiva. Se
encuentra en ella la triple dimensión del evangelio en estado incipiente: el
Espíritu, los últimos tiempos y, en el centro, Jesús el Señor.
2. Los contextos vitales
de la tradición evangélica.
Podemos distinguir tres categorías
principales de contextos vitales en que se formó la tradición evangélica: el
culto, la catequesis, la misión.
Culto, catequesis y predicación apoyada
en milagros son lo esencial de la actividad apostólica.
El contexto litúrgico se caracteriza
por la celebración de la fracción del pan, existían varias tradiciones sobre la
manera de celebrar el culto.
Oraciones presididas por los apóstoles
y quizá recitadas en el templo, complementa el culto eucarístico que tiene
lugar en las casas.
Antes de que se pusiera el evangelio
por escrito, el culto era un contexto vital particularmente importante para su
formación, que es ahí donde se exterioriza y se expresa la Iglesia viviente.
Los acontecimientos son presentados, no
bajo la forma de informes impersonales, sino en la transfiguración de la luz
pascual.
La catequesis busca facilitar la
comprensión de las enseñanzas del Señor y ponerlas en práctica.
Los cristianos encuentran en los
recuerdos que se les trasmiten la fuerza y el consuelo que les permiten llevar
con fidelidad su nueva vida. El ambiente catequético influyó no sólo en la
elección, sino incluso en la presentación de la mayoría de los acontecimientos.
El contexto misional, es decir, la
Iglesia vuelta hacia los están fuera de ella, desempeña también un papel
capital en la formación de la tradición evangélica.
Los milagros sólo se presentan durante
el transcurso de la predicación, para facilitar la fe en aquel que,
resucitando, ha triunfado de la muerte.
La fijación de los evangelios por
escrito puede llevarse a cabo sin riesgo de degradarse en el culto de un pasado
sin significado: la palabra de Dios sigue actuando en el seno de la comunidad.
La redacción de los evangelios.
Los evangelios hallan un principio de
unificación y un sentido gracias a la Iglesia naciente.
El análisis de las formas elementales
contenidas en los evangelios nos proporciona una primera respuesta: los relatos
sobre Jesús, que parecen proceder del medio catequético.
Estas exigencias de orden más o menos
práctico (liturgia, catequesis, misión) convergen hacia la persona única del
Señor Jesús.
El evangelio no anuncia un modo de
pensar, sino una existencia concreta de alcance doctrinal. Por eso se convierte
realmente, a su modo, en biografía.
La vida de Jesús se encuentra repartida
de este modo en cuatro etapas: preparación de Cristo para su ministerio,
predicación en Galilea, subida de Galilea a Jerusalén, finalmente pasión,
muerte y resurrección en Jerusalén. En esta catequesis cuatripartita van a
distribuirse, con gran libertad, relatos y sentencias del Señor.
Todas las colecciones formaban otros
tantos bloques, ya tallados, que bastará disponer en un determinado orden y
unir, mediante relatos de milagros y otros acontecimientos de la vida de
Cristo, para obtener nuestros evangelios sinópticos.
Los evangelios sinópticos conocieron
una formación lenta. Se presentan al final como una especie de biografía que
responde a las necesidades de la cristiandad en crecimiento, pero esto es sólo
el punto final de un extenso proceso sobre el cual y en transcurso del cual la
tradición oral y las primeras redacciones literarias ejercieron simultáneamente
su influencia, a pesar de que los relatos aislados continuaban circulando junto
a las colecciones ya formadas.
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Referencia Bibliográfica:
Léon-Dufour, X. (1982). Los evangelios y la historia de
Jesús. Barcelona: Editorial Herder.

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